Desde dentro. Feminismo, solidaridad y resistencia

Durante años guardé silencio. Observé, escuché y procesé antes de atreverme a poner en palabras algo que incomoda, algo que muchos prefieren evitar o simplificar con etiquetas rápidas.

En el pasado, cuando señalé que dentro de ciertas comunidades —como las afrodescendientes o norteafricanas— existen realidades de discriminación hacia las mujeres, la respuesta no fue diálogo. Vino la acusación de racismo, traición, de «pensar como una blanca». Es más fácil desacreditar a quien habla que enfrentar lo que se está diciendo.

Siento que es momento de hablar. Desde la responsabilidad, no desde el ataque. Desde la preocupación por quienes muchas veces no tienen voz o cuya voz es constantemente cuestionada, no desde el prejuicio.

Es importante hablar de las niñas que sueñan más allá de los límites que se les imponen, de las jóvenes que cuestionan normas que las encorsetan, de las mujeres que deciden marcharse y dejarlo todo atrás en busca de libertadautonomía y reconocimiento como individuos plenos.

También es importante enunciar algo incómodo y real. No conozco ni un solo caso de una mujer que haya roto lazos con su familia o desligado de su religión y haya recibido apoyo de su propia comunidad. Esto revela que el coste de elegir la libertad puede ser el aislamiento, el rechazo o la incomprensión.

En ese camino, muchas enfrentan silencio impuesto, presión social, miedo a ser señaladas e incluso hostilidad de quienes intentan desacreditarlas o reducir sus experiencias a «excepciones» o «malentendidos».

Quiero dejar algo claro. No hablo desde la derecha ni desde prejuicios ideológicos. Sé que España es un país donde el racismo existe y atraviesa muchas estructuras, y que ciertos sectores políticos podrían intentar usar este discurso para reforzar narrativas de exclusión.

Por eso es vital matizar, incomodar y sostener una mirada compleja. Denunciar injusticias dentro de una comunidad debe servir para fortalecer la dignidad desde dentro, nunca para alimentar racismo desde fuera. Defender a las mujeres no puede silenciarse por miedo a malinterpretaciones.

Y hay silencios que duelen. Desde ciertos espacios que se reivindican antirracistas en España, estas cuestiones rara vez reciben la atención que merecen. La izquierda tampoco ha hablado con suficiente claridad ni valentía sobre estas realidades.

  • Mujeres bajo control, presión o miedo constante.
  • Quienes son retenidas, vigiladas o limitadas en sus decisiones más íntimas.
  • Mujeres migrantes y racializadas atrapadas en redes de prostitución o empujadas a ellas por falta de alternativas.

Nombrar estas realidades no es traicionar una lucha colectiva, es ampliarla. Es negarse a aceptar que algunas violencias sean invisibles porque incomodan o rompen ciertos relatos. Defender la dignidad requiere coherencia, incluso cuando implica mirar hacia dentro.

En Afroféminas 

Bajo sospecha: criminalización y mirada ajena

Mi piel, color canela, y mi pelo rizado dicen antes de mí lo que otros creen ver. Me delatan incluso cuando no he dicho nada. Escribo desde la experiencia compartida de quienes vivimos bajo mirada ajena.

Sé lo que es notar cómo cambia el ambiente al entrar en ciertos espacios. Medir palabras, gestos, presencia. Para muchos, esa presión se intensifica aún más frente a quienes tienen poder para detener, cuestionar o criminalizar sin motivo.

Ser señalado por lo que representas antes que por lo que haces deja huella. Lo vemos en nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros compañeros. Lo sentimos todos los días. Que te pidan la documentación más veces que al resto, que tu presencia incomode, que tu cuerpo o tu voz se conviertan en sospecha… eso no es casualidad: es violencia cotidiana. Los eternos inmigrantes.

A vosotros os convierten en amenaza: delincuentes, ladrones, violadores antes de conoceros, simplemente por existir. A nosotras, muchas veces, en estereotipo: las eternas tontas, sumisas, sin criterio, exóticas, la excepción… Dos formas distintas de la misma mirada que decide quién pertenece y quién no.

Pero frente a esta injusticia, también surge solidaridad. Mujeres racializadas reconocemos el impacto de la discriminación que sufrís y nos solidarizamos con vosotros: acompañamos, apoyamos y denunciamos lo que es injusto. Lo hacemos no como caridad, sino porque entendemos que la violencia estructural afecta a todos los cuerpos racializados, aunque de manera diferente.

Esa solidaridad se manifiesta en gestos cotidianos: señalar lo que no es justo, ofrecer cuidado y apoyo cuando el sistema margina, visibilizar las experiencias que a menudo se silencian. Nos reconocemos mutuamente en la vulnerabilidad y en la resistencia, porque sabemos que la dignidad de unos está ligada a la dignidad de todos.

Ninguna sociedad puede llamarse justa si permite que parte de su población viva bajo sospecha. Ninguna institución debería ejercer poder desde el prejuicio. La seguridad no puede construirse a costa de la dignidad de otros.

Lo que nos demuestra Lamine Yamal

Lamine Yamal podría haber elegido jugar para una selección africana, pero decidió representar a España. Da igual que sea uno de los mejores futbolistas del mundo: nada de eso basta. Porque el problema nunca fue su talento, sino la mirada de quienes lo reducen al color de su piel o a su origen.

Por eso esta carta no es neutral. Porque el silencio también toma partido. Porque, aunque nuestras experiencias no sean idénticas, compartimos la realidad de una mirada que nos reduce y condiciona antes de conocernos.

No sois el problema. Tampoco sois perfectos. Sois personas. Con errores, contradicciones, historias distintas. El problema es un sistema que os señala por defecto y legitima prácticas que nunca se aceptarían para otros. Frente a eso, lo mínimo es no mirar hacia otro lado.

Ojalá llegue el día en que nadie tenga que justificarse por existir. Hasta entonces, escribo desde quien también sabe lo que significa ser mirada como si no perteneciera.

Cuidaos. Protegeos. Quereos. Merecéis vivir sin miedo.

Ser mujer marroquí y madre soltera

Estos días que se están compartiendo una imagen por redes sociales de un bebé en las calles de Marruecos creo que es importante que enfoquemos el debate no tanto en los bebés abandonados, sino en las consecuencias que empujan a sus madres a dejar el destino de estos niños en la puerta de una persona adinerada, en un contenedor o en las instalaciones de una mezquita. descarga-768x512

Hace aproximadamente diez años conocí a un joven que me prometió amor eterno y matrimonio al poco de conocerme. Nuestra escena romántica me recordaba a las series mexicanas subtituladas en árabes que empezaron a llegar en los años noventa a Marruecos. Aprendimos a amarnos de otra manera, más abierta y con menos remordimientos. Empezamos a tener relaciones sexuales pero mi pareja me prohibió que lo compartiera, así que decidí alejarme de todo mi entorno y acudir a su casa hasta formalizar nuestra relación. Me decía que no entendía mi preocupación por agilizar los trámites de nuestro matrimonio y me prometió que pronto iríamos a casa de mi familia y le mostraríamos nuestra acta matrimonial.

Tras seis meses de convivencia me quedé embarazada. Me contestó diciéndome que era estéril, que fuera a buscar de dónde había sacado yo esa tripa. Ya no nos veía en ninguna serie mexicana subtitulada en árabe. Estaba embarazada y sola, sin familia y sin recursos ni alternativas para mí y para mi bebé. Acudí a mi madre y me aconsejó que me alejara todo lo que pudiera de ella para no manchar más el honor de la familia, y así lo hice. Me aislé y clandestinamente tuve a mi bebé. Wled Lhram es el nombre que le puso la sociedad a mi hijo, incluso antes de nacer su nombre era “hijo del pecado”. Y yo, Saida, que significa feliz en árabe. Ahora busquen ustedes la ironía”.

Según la asociación por la integración de niños y mujeres Insaf, hay 30.000 testimonios de madres solteras como el de Saida, cada cual con sus matices pero todas son víctimas.  Y la cifra de madres solteras sigue en aumento. La ignorancia y la falta de conciencia en las relaciones sexuales hace que una gran cantidad de mujeres que no complementaron sus estudios ni tuvieron ningún tipo de educación sexual caigan presas en manos de la primera relación de amor y se queden embarazadas. Cuando el aborto no es una alternativa acaban teniendo su hijo en la clandestinidad y a escondidas. Las relaciones sexuales son un tabú entre los miembros de la familia, los padres evitan hablar con sus hijas del tema y no piden que en las escuelas los alumnos tengan mayor conocimiento sexual.

A pesar de haber avanzado en muchas materias, el honor de la mujer árabe en muchos hogares árabe-musulmanes sigue estando relacionado con su himen, dado que para contraer matrimonio en la mayoría de los casos las mujeres deben tener el himen intacto: si no, eso traerá la deshonra y la vergüenza a su familia. Por este motivo las madres solteras se ven obligadas a huir de su entorno y a tener a sus hijos a escondidas lejos de sus ciudades natales. A falta de asesoramiento profesional y familiar, estas jóvenes piensan que huyen de la cárcel social pero lo que no se esperan es que en todo el país sufrirán la misma estigmatización, y por ello se ven obligadas a prostituirse o a ejercer labores de cuidado y limpieza para sobrevivir.

Para estas mujeres el aborto no es una opción ya que desde la época colonial francesa el Código Penal Marroquí sigue manteniendo una serie de artículos que penalizan prácticas consideradas impuras como la homosexualidad, adulterio, no ayunar durante el ramadán y el aborto.  Se alejan en busca de alternativas para poder deshacerse del feto pero nunca acuden a un hospital público para no sufrir represalias ni ser insultadas por el personal sanitario, así que acuden a clínicas privadas donde, a cambio de altas cantidades de dinero, se realizan abortos de forma clandestina. El asunto puede empeorar cuando no se dispone del dinero para abortar en una clínica y por lo tanto estas jóvenes acuden a un comerciante para comprar una composición de hierbas que llegan a costar hasta 150 euros. Un estudio realizado por la asociación Insaf hizo un seguimiento de 150 embarazos de madres solteras. Todas ellas tuvieron que esconderse de inspecciones policiales, ya que el Código Marroquí penaliza tanto el adulterio como el embarazo sin matrimonio.

No sabemos si son feministas, si son negras o blancas, si llevan velo en ocasiones o si son musulmanas practicantes. Son supervivientes de un sistema patriarcal y religioso. A menos de 15 kilómetros de distancia de España hay mujeres que dejan a sus hijos en las calles por miedo a ser perseguidas por la policía y ser acusadas de prostitución.

 

Publicado en Público.

Las vidas detrás de la manta

Varios manteros caminan por los soportales de la Plaza Mayor de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

MADRID // Antes de marchar a su destino, quedan en una plaza céntrica de Madrid. Tres jóvenes, dos de Senegal y uno de Marruecos, se llaman por teléfono para ir en grupo. Con sus bolsas al hombro llegan a la calle Arenal, una de las más comerciales de la capital, donde se unen a los que ya tienen allí instaladas sus mantas cargadas de bolsos, calzoncillos, gafas y otros objetos. A unos metros, un hombre entona una canción de Bob Marley. A su alrededor, turistas y niños pasean, como en un desfile de moda, por el hueco que dejan dos filas de sábanas.

La escena dura poco: diez minutos después llegan dos coches de la policía municipal. Muchos de los manteros hablan en wólof –idioma usado en Senegal y otros países– mientras recogen sus bolsas para retirarse del lugar. Algunos intentan esconderse en el metro para despistar a los agentes, otros esperan en callejuelas aledañas hasta que pasa el coche patrulla para volver a colocar sus mantas. “Nuestra vida es dura, es un trabajo lleno de estrés”, asegura Mustafá, un joven senegalés que en su país de origen era pescador. Pasan el día preocupados por si la Policía les atrapa o por si no logran vender nada. La manta les transforma. “Una vez que la cogemos, ya no somos personas, hacemos cosas que jamás nos habríamos imaginado, como correr por la carretera. Cuando volvemos a nuestras casas, también regresamos a la normalidad”, concluye.

Este joven lleva ocho años y medio en España y aún no ha logrado regularizar su situación. Aquí sólo ha conocido empleos precarios. “Cuando llegué empecé a trabajar en el campo pero al acabar la campaña me quedaba sin empleo”, recuerda. Fueron unos amigos los que le hablaron de la posibilidad de ser mantero. “Les veía comprar una cantidad pequeña de mercancía con la que lograban salir adelante y entonces empecé a vender”, agrega. A Mustafá no le gusta ser mantero y asegura que a la mayoría de sus compañeros tampoco. No tienen muchas opciones. Un juicio puede dificultar la regularización de su residencia, pero siguen adelante tras su objetivo: conseguir papeles y trabajo. La mayoría no tiene la documentación en regla.

Un tema recurrente cuando se habla de manteros es el de las supuestas tramas delictivas. “Hacen negocio, los veo desde la puerta, y hay muchas mafias y empresas detrás”, asegura el guardia de seguridad de un establecimiento de comida rápida del centro de Madrid. Otro mantero, Serigne Mbaye, recuerda indignado haber visto documentales al respecto. “Es una gran mentira que quizá inventan los dueños de las tiendas y de las marcas que se están falsificando”, aventura. “Detrás de cada mantero hay una familia que se busca la vida y su única alternativa es vender, ya que no quieren robar a nadie y prefieren ser honestos. Compramos el material en almacenes chinos, la Policía lo sabe perfectamente. No tenemos jefe, nadie nos explota”, defiende Mustafá.

Precisamente hablar de manteros es hablar, inevitablemente, de la Policía. Con los agentes, la relación es “complicada”, en palabras de Mbaye. “Salimos de nuestra casa y no sabemos si volveremos con las manos vacías”, explica. Conservar el material es un objetivo muy importante para ellos porque supone su pequeña inversión para seguir sobreviviendo día tras día. “Cuando vemos a la Policía, vamos en grupo y juntos buscamos una salida, en todo caso evitamos un enfrentamiento con los agentes”, aclara. La mayoría asegura que es capaz de identificar a un policía secreto entre la multitud. “Son muchos más que los de uniforme y nosotros, los extranjeros, los reconocemos con facilidad porque estamos acostumbrados a que nos paren por la calle para pedirnos los papeles”, lamenta.

Es el caso de Mbaye, que nació en Senegal hace 38 años. Los últimos ocho los ha pasado en España. “En mi país fui pescador durante diez años. Cuando llegué a España trabajé de todo y, como no tenía papeles, tuve que adaptarme”, explica. Al salir de su tierra natal Mbaye pensó, como tantos otros, que encontraría trabajo al pisar España. Sin embargo, cuando llegó se dio cuenta de que nada era como se esperaba.

Cambios de lugar constantes 

El grupo sigue en la calle Arenal. La Policía se aleja y los manteros vuelven a colocar a toda prisa sus relojes, DVDs, CDs, gafas, camisetas del Real Madrid y del Barça, abanicos y otros productos. No compiten entre ellos. Al contrario, el apoyo mutuo es clave. Si alguno no tiene la talla que le requiere su cliente, se la pide a un compañero para no perder la venta. En un momento dado, una señora se acerca a observar un bolso. Pese a que el propietario de la manta está despistado en ese momento, hablando con un compañero, Mustafá se acerca y se lo muestra. De todos los productos que venden, las camisetas son los más perseguidos por la Policía. “Últimamente hay más tiendas de deporte en Sol y algunas de ellas se quejan, por lo que si se pone uno que vende camisetas, llega la Policía en cinco minutos”, asegura Mustafá.

En ese momento reciben un aviso: un agente de paisano ha detenido a un mantero. Se comunican por teléfono. Hablan de los movimientos de los policías, de las calles más seguras. Deciden correr y separarse. Tras varias vueltas, un grupo acaba en la calle paralela, Preciados, otra de las más comerciales de Madrid, donde hay instalados más manteros. Las denuncias por parte de encargados de las tiendas son constantes. “Llamamos a la Policía porque colapsan la puerta de entrada de la tienda. Los manteros corren y se llevan por delante a peatones. La Policía es muy tolerante con ellos”, se queja la encargada de una zapatería que no quiere dar su nombre.

“Los perseguimos porque venden productos falsificados y sin permiso”, alega un agente de la policía municipal que patrulla la zona, quien añade que no corren tras ellos para evitar choques y caídas de los transeúntes. “Nosotros no tenemos manera de enterarnos, son las tiendas las que nos llaman”, afirma. “A veces recibimos avisos de peatones porque colapsan las aceras”, sostiene, antes de apuntar que los manteros “no tienen ninguna otra salida para sobrevivir”.

Sidy, de 32 años, explica que ahora la Policía sólo intenta llevarse las mercancías y que, si tiene un valor inferior a los 400 euros, evitan la multa. A él le cogieron cuatro veces el mes pasado. Se quedaron con sus CDs y sus calzoncillos. Para poder seguir vendiendo, pidió dinero prestado a sus compañeros con el que comprar nuevo material. En Senegal tuvo tres trabajos diferentes, en un restaurante, una carnicería y una carpintería. A los tres meses de su llegada a España no le quedó más remedio que hacerse mantero. Su problema, habitual: “Al no tener papeles no pude encontrar trabajo”.

Sidy empezó a vender durante las navidades de 2007 en el centro de Madrid. “Tuve mala suerte con la Policía, me pillaron muchas veces”, recuerda. No todos los encargados de los establecimientos de la zona tienen una actitud hostil frente a los manteros. “Prefiero que no haya, pero entiendo la necesidad. En verano es mejor porque se ponen cuando cerramos nuestras tiendas”, explica el dueño de una zapatería de Arenal.

Las ganancias de un mantero son muy variables e influyen la temporada y el clima. “En invierno salimos menos. En verano podemos pasar más de 15 horas en la calle”, afirma Mustafá. Algunos deciden ir a la playa y a las ferias que se celebran por todo el país, ya que allí las ventas son superiores. Según la época del año cambian de material. “En invierno, si llueve mucho, vendemos paraguas”, ejemplifica Mbaye. El fin de semana suben las ventas. También cuando se celebra un acontecimiento deportivo, sobre todo de fútbol. “Cuando empieza la liga se venden mejor las camisetas”, apunta. Sin embargo, septiembre no es una buena temporada. “Las familias suelen tener muchos gastos con la vuelta al colegio de sus hijos”, aclara Mustafá.

Este trabajo se ve dificultado por unas actuaciones policiales, que varían mucho según el grupo de agentes que patrulle la zona. “Hay algunos buenos y otros malos”, asevera Mustafá, quien ya no recuerda cuántas veces le ha cogido la policía a lo largo de estos últimos años. Algunos agentes caminan despacio para dar tiempo a los manteros a recoger el material. Otros actúan de manera muy agresiva. Pese a todo, el protocolo en las detenciones suele ser el mismo: incautación del material, ingreso en el calabozo y una multa que puede llegar hasta los 400 euros, según apunta Mustafá. A los que aún no han logrado un permiso de residencia, se les abre un expediente de expulsión.

Los tres manteros forman parte de la Asociación Sin Papeles de Madrid. “Nos hemos manifestado, hemos hecho vídeos para desmontar las mentiras que lanzan contra nosotros”, cuenta Mbaye. Y mientras luchan no dejan de soñar con cambiar de vida. A Sidy, el más veterano, le gustaría tener un “trabajo tranquilo”. Mustafá coincide: “No merece la pena vivir así. Si pudiera, regresaría a Senegal y continuaría con mi trabajo de pescador”.

Publicado en La Marea. 

“Los avances en Marruecos son mérito de las luchas sociales”

 

El secretario general del secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), Abdelá Mesdad

El secretario general del secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), Abdelá Mesdad

El antiguo rey marroquí Hassan II dejó claros, en un discurso en 1991, los límites de la libertad de expresión en el país. Algunos temas, detalló el monarca, pueden ser de manera válida objeto de discusión, pero había otros en los que no podía haber divergencias, entre ellos la constitución, la figura del rey o la patria. Este principio ha cambiado poco casi un cuarto de siglo después. Muchos marroquíes son hoy en día encerrados por su activismo político. El cansancio hace mella en el rostro de Abdelá Mesdad, secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), quien conoce a fondo la precaria situación de las cárceles del país. En su viaje de varios días a Madrid se ha reunido con varias organizaciones y formaciones y atiende a La Marea después de una larga jornada de reuniones.

Pone voz a los que sufren la precariedad dentro de las prisiones. “La superpoblación en las celdas genera una situación infrahumana”, asegura. En agosto murió en la cárcel de Fez Mustafá Mesiani, dirigente de la Unión Nacional de Estudiantes, tras una huelga de hambre de 72 días. “Hay un maltrato generalizado y muchas muertes dentro de las cárceles de las que la dirección no se responsabiliza”, afirma Mesdad. “Muchas familias no saben cómo han muerto sus seres queridos, no reciben información alguna”, añade. En las cárceles se emplea además una política de exclusión contra los presos de conciencia. El Ministerio de Interior trata de lograr con esto que no puedan organizarse dentro y coordinar protestas.

Mesdad cuenta que los activistas son separados dentro de prisión para que no puedan organizarse dentro de las cárceles ni realizar acciones de protesta, como las huelgas de hambre con las que normalmente reivindican mejoras en el trato. Y fuera la situación no es mucho mejor. “En todos los sentidos, Marruecos está sufriendo un retroceso en el plano de los derechos civiles, políticos, económicos y sociales”, asegura Mesadad. “En los últimos meses hemos sufrido un ataque sistemático contra las organizaciones de los derechos humanos y sus miembros, que han sido llevados a juicio y sometidos a detenciones”, agrega.

El pasado 15 de julio, el Ministerio de Interior acusó a la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) de trabajar para “agendas extranjeras” a cambio de subvenciones. Tras esta declaración el Estado impidió la organización de charlas y actividades, como campamentos de formación dirigidos a jóvenes. Además, en octubre fue condenada a dos años de cárcel la activista Wafa Charaf, por supuesta denuncia falsa después de recibir una paliza tras una manifestación, así como el rapero Mister Crazy, con una pena de tres meses por cambiar la letra del himno contando las realidades de su barrio.

La AMDH muestra una oposición pública y frontal con el régimen por los casos de tortura registrados durante detenciones y estancias en prisión. Un hecho, cree Mesdad, que ha pasado factura a la asociación. “En lugar de abrir investigaciones sobre los casos que denunciamos, el Estado recurre a otro tipo de prácticas”, lamenta. Y pone otro ejemplo: “Unos desconocidos asaltaron recientemente la sede de la Asociación de Médicos para la Rehabilitación de Víctimas de la Tortura y manipularon informes de víctimas”, denuncia. AFP_110220_o1c90_maroc-manif_8 (1)

En este contexto, Mesdad rechaza la versión oficial de un país democratizado por la monarquía. “Los avances en Marruecos, que Occidente achaca al rey, son mérito de la lucha de los movimientos sociales y de derechos humanos”, resalta. “Aun así, consideramos que estos cambios aún son frágiles e inaplicables, debido a lo que hemos venido sufriendo estos últimos meses”, añade. En este sentido, el activista sostiene que seguirán “sacando a la luz en los foros internacionales todo lo que el régimen intenta ocultar”. “La imagen que da el régimen de Marruecos es irreal, no refleja la realidad del país.».

Publicado en La Marea

Por un barrio igualitario y sin piropos

«Me cago en el coño de tu madre», me dijo, «ya verás la próxima vez que te vea», continuó. Éstas han sido las amenazas que me ha dirigido un desconocido, barbudo y con muletas. Tras piropearme desde la acera de enfrente, no me conformé, como habitualmente y casi a diario, con tragar saliva y lanzarle una mirada de rechazo. Esta vez, cansada, le respondí diciendo «qué asco». No hace mucho ya me tocó volver a casa casi llorando de la impotencia, después de que dos personas seguidas, en la misma calle, 1916364_226253082177_7662339_ndecidieran que tenían derecho a lanzarme piropos por la calle.

Si seguís este blog os daréis cuenta de que no sólo me sirve para contar historias sobre Marruecos y la inmigración en España, sino también para desahogarme con toda aquella que quiera leerme.

A lo que iba: No es la primera vez que respiro, cojo aire y deseo huir maldiciendo compartir barrio con hombres machistas, cuya única afición parece ser superarse a si mismos en cuanto a originalidad a la hora de piropearnos. Yo no quiero un barrio así. Es profundamente triste que no podamos circular cómodas y relajadas por nuestras calles. Sin tensión.

Madrid tampoco es ciudad para jóvenes inmigrantes

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Juventud Sin Futuro ha lanzado esta semana la campaña en redes #HablemosDeMadrid, que incluye un vídeo con una versión de la canción de Joaquin Sabina Pongamos que hablo de Madrid en la que han cambiado la letra original para denunciar la precariedad, los recortes y las dificultades que atraviesan los jóvenes del país. Con estas líneas me gustaría recordar que Madrid no sólo no es una ciudad para los “exiliados” o migrantes que se tuvieron que marchar a Londres o Ecuador, sino que tampoco es ciudad para aquellos jóvenes que desde Senegal, Marruecos, Bangladesh o Perú tomaron la determinación -forzosa- de huir de la precariedad que siempre conocieron sus países. Dejan el lugar en el que crecieron para iniciar un proyecto lejos de su familia y amigas.

Muchos jóvenes españoles han vivido situaciones similares. La diferencia es que unos han cogido un avión otros han iniciado el “sueño europeo” en patera, cargando sobre la espalda mucha responsabilidad: no sólo mejorar su situación si no la de la familia que deja atrás. Al teléfono desde Tánger o Dakar ocultan a sus madres la triste situación que atraviesan en España para que éstas no sufran. Algunas de ellas, las que conocen la situación real que se vive en el país, piden a sus hijos que vuelvan a casa.

A los problemas que se denuncian en el vídeo, al joven inmigrante se le suman otras dificultades nada despreciables. Desde que se aprobó el Real Decreto 16/2012 muchas vecinas nuestras, jóvenes algunas, no pueden visitar a su médico de cabecera. La Marea contó el caso de una de ellas, Rabab Badri, una joven de 24 años que vive en Madrid junto a sus tres hijos. Le detectaron un bulto en una mama pero le negaban las pruebas para determinar si sufría un cáncer. “No puedo volver a Marruecos, yo no sabría vivir allí”, confesaba. Alpha Pam, con tan solo 28 años, falleció por tuberculosis. Le fue denegado el acceso a urgencias por no tener tarjeta sanitaria. Otro caso es de Jeaneth Beltrán de 30 años, quien falleció en el hospital de Toledo.

Pero hay mucho más. En Madrid la policía detiene a jóvenes en base a criterios raciales y étnicos. Los identifica y registra como si de delincuentes se trataran, aunque nunca hayan hecho nada delictivo y lleven más tiempo viviendo en España -o incluso hayan nacido aquí- que en su país de origen. Imaginad que sufrís ese acoso durante toda vuestra vida. Entre los días 13 y 26 de octubre el Consejo de la Unión Europea ha impulsado de manera conjunta redadas en la que las Policía capturará e interrogará a jóvenes inmigrantes sólo por el hecho de serlo. Algunos de los identificados han sido llevados al CIE de Aluche, una cárcel en la que te encierran por una simple falta administrativa. Privados de su libertad, han denunciado en muchas ocasiones agresiones por parte de la policía. La situación de precariedad se extiende por todo el CIE empezando por el maltrato generalizado hasta el estado de la comida.

También son precarios los manteros, la mayoría de ellos son jóvenes, que dignamente se levantan cada mañana y se dirigen a las calles de Madrid para poder subsistir entre policías que les apalean y persiguen sin presentar ninguna alternativa a su precariedad.

En resumen, no sólo se debe superar la situación de precariedad en los jóvenes, tanto españoles como no, sino que también se debe superar la situación de clandestinidad y acoso a la que muchas se ven sometidos los jóvenes inmigrantes debido a la ley de extranjería y los discursos xenófobos fomentados por el racismo institucional. No hay partido político que no tenga “su” solución, ni Estado que no tenga su “estrategia” para conjurar esa ‘invasión’ migratoria. “Son aquellos que no ven La Tuerka ni emigran a Londres, y me atrevería a decir que tampoco paran a Pablo Iglesias para felicitarle. Y un pequeño aviso para navengantes: será imposible una transformación social sin contar con ellos, por muy horteras que nos resulten sus Nike con muelles o sus zapatos de plataforma y sus colas de caballo”, decía El Nega de Los Chikos del Maíz en un artículo.

Hablar de Madrid tiene que implicar hablar de su gente y de su juventud, que triste, caminando por sus calles, sueña con un futuro mejor. Y también romper con aquellos estereotipos que fomentan los Estados. Ni los jóvenes españoles son ninis ni los jóvenes inmigrantes acaparan el empleo y los servicios públicos. O como diría una pancarta que se ha visto estos años en las manifestaciones: “El enemigo no viene en patera, viene en limusina”.

Publicado en La Marea

El juez eleva a dos años la pena de cárcel para la activista marroquí Wafa Charaf

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Tras un juicio de más de ocho horas, la activista marroquí Wafa Charaf, miembro activo de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH), ha sido condenada este martes a dos años de cárcel, acusada de presentar una denuncia falsa. De este modo, el Tribunal de Apelación eleva un año la condena que le impuso el Tribunal de Primera Instancia en agosto.

La joven recibió en Tánger una brutal paliza a manos de unos desconocidos tras jugar un papel destacado en una manifestación de trabajadores el mes de abril. Tras pasar varios días hospitalizada, con el apoyo de sus compañeros, se acercó a comisaría a denunciar a sus agresores.

El veredicto pronunciado por el juez sorprendió a los asistentes al juicio, entre los que se encontraban varios abogados y activistas por los derechos humanos de diferentes ciudades marroquíes que se habían acercado a mostrar apoyo a Charaf. Al conocerse la decisión judicial, algunos gritaron, indignados, eslóganes a favor de la liberación de los presos políticos en Marruecos.

La activista a día de hoy sostiene su testimonio. Las organizaciones de derechos humanos denuncian que no es la primera vez que se utilizan este tipo de actuaciones para disuadir a los activistas. El régimen marroquí, señalan, emplea la acusación de denuncia falsa para castigar a los que se atreven a denunciar tortura o agresión.”¿Cómo es posible que la víctima acabe en la cárcel tras presentar una denuncia, en lugar de buscar a los agresores?”, se preguntaban esta mañana activistas como Mahjouba Karim, miembro de la AMDH, en redes sociales.

Charaf ha asegurado que el juicio estaba “pactado” de antemano y que, bajo presión, se había visto obligada a retirar algunas declaraciones. “Mi detención forma parte de una serie de actuaciones encaminadas a intimidarnos”, ha lamentado. La AMDH es una de las organizaciones de derechos humanos más influyentes de Marruecos. La semana pasada, miles de personas se manifestaron por todo el país contra el “acoso” del régimen a la organización, que denuncia que, además de persecución de sus miembros, se le está impdiendo desarrollar algunos actos públicos.

En el vídeo, se puede ver a Wafa Charaf gritando eslóganes en una concentración en Tánger

Protestas en decenas de ciudades marroquíes contra el “acoso” del régimen

Miles de personas se han manifestado este miércoles en decenas de ciudades magrebíes contra el “acoso” a la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) -la más influyente del país- y a otras organizaciones sociales. Los activistas denuncian que el Ministerio de Interior está impidiendo llevar a cabo actos públicos, charlas y actividades emblemáticas como el campamento de verano para jóvenes que promueve a AMDH, en el que se reúnen anualmente militantes de todo el país.

Cerca de un centenar de secciones locales de la asociación, bajo el lema “Por los derechos y libertades luchamos, frente a la represión de majzen -el régimen- resistimos”, se han concentrado frente a edificios públicos. En Rabat, la protesta ha tenido lugar frente al Parlamento.

Lo que en un primer momento fue una movilización convocada por la AMDH ha logrado sumar a sindicalistas, miembros del movimiento 20-F y militantes de otras organizaciones políticas y sociales. “La AMDH juega un papel fundamental en la defensa de los derechos individuales, sociales, políticos, económicos y culturales. Últimamente está sufriendo un “acoso” por parte del Estado precisamente debido a su valentía”, ha denunciado Aziz Aqawi, miembro de la AMDH.

“Nuestro objetivo es conseguir dignidad, en Marruecos y en cualquier lugar”, han cantado en Alhucemas. Al sur, en Marrakech, han gritado contra la “intimidación” que sufren por parte de un régimen que, denuncian, prohíbe sus actividades y detiene constantemente a sus militantes. En algunos puntos la presencia policial ha sido muy intensa, pero incluso en ciudades pequeñas como Larache, al norte, concretamente en la plaza de Tahrir, se han reunido decenas de activistas, que han gritado consignas contra la represión y la ausencia de derechos y libertades individuales.

A este “acoso” que denuncian los activistas se añade la detención el pasado agosto de Wafae Charaf, una conocida militante de la AMDH, condenada a un año de cárcel. La policía la detuvo tras presentar una denuncia en la que aseguraba haber recibido una brutal paliza de manos de unos desconocidos al término de una manifestación en Tánger. Además, este viernes se celebra el juicio del rapero Mr Crazy, detenido el 9 de agosto. Las autoridades marroquíes le acusan de alterar la letra del himno de Marruecos. El artista, de 17 años, describe en sus canciones la precariedad y el exilio en el que se ven obligados a vivir los marroquíes.

 

“Los principales partidos en Túnez plantean la misma subordinación al FMI”

10353327_640462196047903_1134737797533784821_oLa documentalista tunecina Inés Tlili enseña su paquete de cigarros. “Esto, por ejemplo, antes costaba un dinar y hoy cuesta tres”, asegura. Desde que las revueltas lograran echar del poder a Ben Alí, en enero de 2011, los precios no han dejado de subir. Además, las detenciones de activistas políticos continuaron tras la caída del dictador y se mantienen hoy. Muchos de ellos, incluida la misma Tlili, son acusados de haber quemado cuarteles de policía durante la revolución. Al mismo tiempo, no se persigue a los que cometieron abusos y asesinatos durante ese periodo. “La impunidad no se ha acabado”, sentencia.

En este contexto, la joven documentalista no cree que las elecciones legislativas que se celebrarán el 26 de octubre -en la que habrá más de 1.500 listas con candidaturas- consigan cambiar algo. Un mes más tarde serán las presidenciales, en las que hasta el momento hay 70 candidatos. “En la esfera pública hay destacadas figuras que fueron claves durante el mandato de Ben Ali”, incide Tlili. Es el caso de Kamal Mourjane, que fue ministro de Defensa desde el 2005 hasta el 2010 y de Asuntos Exteriores de 2010 a 2011. “Todo responde a un plan geoestratégico, los principales partidos plantean la misma subordinación al FMI y al Banco Mundial”, asegura, haciendo referencia a las propuestas de los candidatos.

En cualquier caso, el país norteafricano espera con expectación las elecciones. Por un lado, el Partido del Renacimiento (Al-Nahda, en árabe), tras lograr el poder en los pasados comicios, empezó a perder fuerza. “No pudo cumplir con su programa electoral”, asegura Inés. Por un lado ha perdido el apoyo de los islamistas, al no aplicar leyes relacionadas con la sharia. “También se sometió a debate una ley que nos permitía tomar decisiones respecto a la economía pero finalmente no se llevó a cabo”. Al-Nahda, tras formar un gobierno de corte tecnócrata, ha comenzado a implementar recortes en el país.

Por otro lado, el principal partido de la oposición, el Movimiento Patriótico Democrático, de corriente más progresista, se vio afectado por el asesinato de dos de sus principales dirigentes, Choukri Belaid y Mohamed Brahmi. “Poco o nada se sabe del paradero de los culpables a día de hoy”, lamenta Tlili. Activistas como esta joven tunecina se organizan para conseguir una información fiable. “Los medios no informan, los organismos oficiales hablan de un tema cuando quieren y dejan de hacerlo cuando les interesa”, denuncia. También se organizan para contrarrestar la imagen “errónea” que se tienen en otros países sobre lo que ocurre en Túnez.

Los derechos en el país norteafricano

Thili visitó España la semana pasada junto a activistas de varios países en conflicto en el marco de un encuentro formativo organizado por el Instituto Internacional para la Acción No Violenta(NOVACT), bajo el nombre de ‘¿Primaveras quemadas?’. “Lo hemos bautizado así porque creemos que muchas personas tienen la sensación de que las llamadas primaveras árabes han muerto o han desaparecido, igual que ocurre con el 15-M”, explica Thais Bonilla, responsable de comunicación de NOVACT. “Éstas han derivado en situaciones muy complejas, incluso en focos de incendio en Oriente Medio, y nos preguntamos si las esperanzas que había tras esas revueltas se han quemado”, agrega.

En comparación con otros países, Thili destaca que en Túnez hay un alto nivel de libertad para las mujeres. De hecho, goza de una ley que reconoce el derecho al aborto en cualquier supuesto, durante los tres primeros meses de gestación, desde 1973, casi 40 años antes que España. La poligamia tampoco está permitida. Mientras que en países vecinos como Egipto las mujeres denuncian constantes abusos sexuales, en Túnez el acoso tanto físico como verbal está criminalizado.

Por otro lado, la activista denunicia la hipocresía que existe en la sociedad tunecina en cuanto a algunas libertades individuales, algo que achaca a cierta “inmadurez” colectiva. “Durante el mes de ayuno está prohibido comer en público, pero no dentro de los restaurantes, así que pocos ayunan, todos lo saben, pero aun así sigue esa ley en vigor”, asegura, con ironía. “Si pides alcohol en una terraza y el camarero reconoce que eres árabe, es difícil que te sirva”, continúa. Sin embargo, la lucha se centra más en reivindicar medidas económicas y políticas.

Durante la revolución se abrió un proceso de diálogo. En las asambleas que tuvieron lugar con las movilizaciones participaban todas las corrientes sociales del país, y en ellas se encontraban diferentes ideologías, desde el anarquismo y el comunismo hasta el islamismo. “Lo que entonces era un diálogo hoy se ha convertido en un enfrentamiento”, lamenta.

Pese a esta situación, en la que figuras del régimen de Ben Ali protagonizan la esfera política, los precios de productos de primera necesidad siguen subiendo y los organismos internacionales imponen recortes, Tlili no piensa que vaya a producirse un nuevo levantamiento como el que acabó con la el mandato de Ben Alí. “Muchos están muy cansados, otros en depresión, no quieren saber nada y prefieren enfocar su vida en otros temas”, admite. La documentalista asegura que a día de hoy prefiere trabajar con niños y jóvenes. “Ellos no están tan condicionados como nosotros”, señala. Tlili, como documentalista, no sólo enseña a los niños a expresarse mediante la creatividad sino que también se esfuerza en que defiendan su derecho a ser libres.