Puta por querer ser. Por vivir.

Él en el gimnasio. Yo aquí frente a la pantalla del ordenador. Mientras, intercambio mensajes vía whatsapp con Moha sobre su deseo de visitar Madrid y la imposibilidad de que le concedan un visado desde Marruecos. Mientras sigo escribiendo, escucho a Pablo Alborán cantar “Quién abrirá la puerta hoy. Para ver salir el sol. Sin que lo apague el dolor”. 

 Son muchas. Esas valientes mujeres que deciden vivir y que a pesar del dolor continúan avanzando: saltando vallas, derrochando lágrimas y cruzando mares.

Y es cuando me acuerdo de Naima, futura politóloga con ganas de comerse el mundo. Se pone en contacto conmigo a través de un amigo en común. Me cuenta que desea emprender una nueva andadura en Madrid, una ciudad grande que cree satisfacer sus expectativas académicas y más adelante profesionales. Me cuenta también que en un futuro le gustaría quitarse el velo que le cubre la cabeza, pero más adelante, porque es un cambio acompañado de muchas críticas. Su problema: ser mujer y pertenecer a un entorno conservador. Le digo que debe ser valiente y buscar su felicidad. Me recuerda que no quiere que sus padres sean señalados: “No han sabido educar a su hija, ¿cómo permiten que deje su casa y  viva sola?“, dirán los vecinos de su barrio. Hay un dicho marroquí habitual en las casas más humildes: “Una mujer sólo tiene dos salidas: una da a la casa de su marido y la segunda a la tumba”. Se suele repetir con normalidad como si se tratase de ganado.

.61300_10151828978142524_535442024_nAyer no pude combatir el insomnio así que a altas horas de la madrugada me encontré leyendo mensajes antiguos en Facebook de hombres y mujeres que pretendían recordarme mi condición de mujer y por lo tanto de sumisa y dependiente. Uno de ellos decía: “Eres una chica y no puedes pasar de todo, ¡no te engañes!”.

Aquellas que abren la puerta y salen a ver el sol no sólo se pueden encontrar con la repulsa de sus familiares, sino también de sus íntimas amigas y de desconocidas que a través de las redes las insultan y las llaman traidoras. Cualquier motivo es bueno para insultar: Quitarse el velo que le cubre el pelo, fumar, tatuarse, viajar sola sin más compañía que un par de libros y una botella de alcohol.

Otra amiga, cirujana, me cuenta que su familia, culta y con poder adquisitivo alto, no acepta su relación con su novio. El motivo: es italiano y no musulmán. Esta mañana estuve hablando con otra que tras cinco años sin poder visitar a su familia en Marruecos decidió terminar su proyecto de derecho en su país de origen. Tras su vuelta me cuenta que no piensa regresar jamás. Juzgaron su forma de vestir, la acusaron de tener una relación con su primo y asi podemos llamarla de todo, criticaron a los que no ayunan durante el ramadán y casi la llamaron puta por su forma de vivir.

Puta, esa maldita palabra, que tantas veces escuche durante mis pasadas vacaciones en Casablanca. Puta por follar, puta por andar, puta por leer, por bailar, por cantar, por querer, por soñar y en definitiva:

Puta por querer ser. Por vivir.

Las vidas detrás de la manta

Varios manteros caminan por los soportales de la Plaza Mayor de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

MADRID // Antes de marchar a su destino, quedan en una plaza céntrica de Madrid. Tres jóvenes, dos de Senegal y uno de Marruecos, se llaman por teléfono para ir en grupo. Con sus bolsas al hombro llegan a la calle Arenal, una de las más comerciales de la capital, donde se unen a los que ya tienen allí instaladas sus mantas cargadas de bolsos, calzoncillos, gafas y otros objetos. A unos metros, un hombre entona una canción de Bob Marley. A su alrededor, turistas y niños pasean, como en un desfile de moda, por el hueco que dejan dos filas de sábanas.

La escena dura poco: diez minutos después llegan dos coches de la policía municipal. Muchos de los manteros hablan en wólof –idioma usado en Senegal y otros países– mientras recogen sus bolsas para retirarse del lugar. Algunos intentan esconderse en el metro para despistar a los agentes, otros esperan en callejuelas aledañas hasta que pasa el coche patrulla para volver a colocar sus mantas. “Nuestra vida es dura, es un trabajo lleno de estrés”, asegura Mustafá, un joven senegalés que en su país de origen era pescador. Pasan el día preocupados por si la Policía les atrapa o por si no logran vender nada. La manta les transforma. “Una vez que la cogemos, ya no somos personas, hacemos cosas que jamás nos habríamos imaginado, como correr por la carretera. Cuando volvemos a nuestras casas, también regresamos a la normalidad”, concluye.

Este joven lleva ocho años y medio en España y aún no ha logrado regularizar su situación. Aquí sólo ha conocido empleos precarios. “Cuando llegué empecé a trabajar en el campo pero al acabar la campaña me quedaba sin empleo”, recuerda. Fueron unos amigos los que le hablaron de la posibilidad de ser mantero. “Les veía comprar una cantidad pequeña de mercancía con la que lograban salir adelante y entonces empecé a vender”, agrega. A Mustafá no le gusta ser mantero y asegura que a la mayoría de sus compañeros tampoco. No tienen muchas opciones. Un juicio puede dificultar la regularización de su residencia, pero siguen adelante tras su objetivo: conseguir papeles y trabajo. La mayoría no tiene la documentación en regla.

Un tema recurrente cuando se habla de manteros es el de las supuestas tramas delictivas. “Hacen negocio, los veo desde la puerta, y hay muchas mafias y empresas detrás”, asegura el guardia de seguridad de un establecimiento de comida rápida del centro de Madrid. Otro mantero, Serigne Mbaye, recuerda indignado haber visto documentales al respecto. “Es una gran mentira que quizá inventan los dueños de las tiendas y de las marcas que se están falsificando”, aventura. “Detrás de cada mantero hay una familia que se busca la vida y su única alternativa es vender, ya que no quieren robar a nadie y prefieren ser honestos. Compramos el material en almacenes chinos, la Policía lo sabe perfectamente. No tenemos jefe, nadie nos explota”, defiende Mustafá.

Precisamente hablar de manteros es hablar, inevitablemente, de la Policía. Con los agentes, la relación es “complicada”, en palabras de Mbaye. “Salimos de nuestra casa y no sabemos si volveremos con las manos vacías”, explica. Conservar el material es un objetivo muy importante para ellos porque supone su pequeña inversión para seguir sobreviviendo día tras día. “Cuando vemos a la Policía, vamos en grupo y juntos buscamos una salida, en todo caso evitamos un enfrentamiento con los agentes”, aclara. La mayoría asegura que es capaz de identificar a un policía secreto entre la multitud. “Son muchos más que los de uniforme y nosotros, los extranjeros, los reconocemos con facilidad porque estamos acostumbrados a que nos paren por la calle para pedirnos los papeles”, lamenta.

Es el caso de Mbaye, que nació en Senegal hace 38 años. Los últimos ocho los ha pasado en España. “En mi país fui pescador durante diez años. Cuando llegué a España trabajé de todo y, como no tenía papeles, tuve que adaptarme”, explica. Al salir de su tierra natal Mbaye pensó, como tantos otros, que encontraría trabajo al pisar España. Sin embargo, cuando llegó se dio cuenta de que nada era como se esperaba.

Cambios de lugar constantes 

El grupo sigue en la calle Arenal. La Policía se aleja y los manteros vuelven a colocar a toda prisa sus relojes, DVDs, CDs, gafas, camisetas del Real Madrid y del Barça, abanicos y otros productos. No compiten entre ellos. Al contrario, el apoyo mutuo es clave. Si alguno no tiene la talla que le requiere su cliente, se la pide a un compañero para no perder la venta. En un momento dado, una señora se acerca a observar un bolso. Pese a que el propietario de la manta está despistado en ese momento, hablando con un compañero, Mustafá se acerca y se lo muestra. De todos los productos que venden, las camisetas son los más perseguidos por la Policía. “Últimamente hay más tiendas de deporte en Sol y algunas de ellas se quejan, por lo que si se pone uno que vende camisetas, llega la Policía en cinco minutos”, asegura Mustafá.

En ese momento reciben un aviso: un agente de paisano ha detenido a un mantero. Se comunican por teléfono. Hablan de los movimientos de los policías, de las calles más seguras. Deciden correr y separarse. Tras varias vueltas, un grupo acaba en la calle paralela, Preciados, otra de las más comerciales de Madrid, donde hay instalados más manteros. Las denuncias por parte de encargados de las tiendas son constantes. “Llamamos a la Policía porque colapsan la puerta de entrada de la tienda. Los manteros corren y se llevan por delante a peatones. La Policía es muy tolerante con ellos”, se queja la encargada de una zapatería que no quiere dar su nombre.

“Los perseguimos porque venden productos falsificados y sin permiso”, alega un agente de la policía municipal que patrulla la zona, quien añade que no corren tras ellos para evitar choques y caídas de los transeúntes. “Nosotros no tenemos manera de enterarnos, son las tiendas las que nos llaman”, afirma. “A veces recibimos avisos de peatones porque colapsan las aceras”, sostiene, antes de apuntar que los manteros “no tienen ninguna otra salida para sobrevivir”.

Sidy, de 32 años, explica que ahora la Policía sólo intenta llevarse las mercancías y que, si tiene un valor inferior a los 400 euros, evitan la multa. A él le cogieron cuatro veces el mes pasado. Se quedaron con sus CDs y sus calzoncillos. Para poder seguir vendiendo, pidió dinero prestado a sus compañeros con el que comprar nuevo material. En Senegal tuvo tres trabajos diferentes, en un restaurante, una carnicería y una carpintería. A los tres meses de su llegada a España no le quedó más remedio que hacerse mantero. Su problema, habitual: “Al no tener papeles no pude encontrar trabajo”.

Sidy empezó a vender durante las navidades de 2007 en el centro de Madrid. “Tuve mala suerte con la Policía, me pillaron muchas veces”, recuerda. No todos los encargados de los establecimientos de la zona tienen una actitud hostil frente a los manteros. “Prefiero que no haya, pero entiendo la necesidad. En verano es mejor porque se ponen cuando cerramos nuestras tiendas”, explica el dueño de una zapatería de Arenal.

Las ganancias de un mantero son muy variables e influyen la temporada y el clima. “En invierno salimos menos. En verano podemos pasar más de 15 horas en la calle”, afirma Mustafá. Algunos deciden ir a la playa y a las ferias que se celebran por todo el país, ya que allí las ventas son superiores. Según la época del año cambian de material. “En invierno, si llueve mucho, vendemos paraguas”, ejemplifica Mbaye. El fin de semana suben las ventas. También cuando se celebra un acontecimiento deportivo, sobre todo de fútbol. “Cuando empieza la liga se venden mejor las camisetas”, apunta. Sin embargo, septiembre no es una buena temporada. “Las familias suelen tener muchos gastos con la vuelta al colegio de sus hijos”, aclara Mustafá.

Este trabajo se ve dificultado por unas actuaciones policiales, que varían mucho según el grupo de agentes que patrulle la zona. “Hay algunos buenos y otros malos”, asevera Mustafá, quien ya no recuerda cuántas veces le ha cogido la policía a lo largo de estos últimos años. Algunos agentes caminan despacio para dar tiempo a los manteros a recoger el material. Otros actúan de manera muy agresiva. Pese a todo, el protocolo en las detenciones suele ser el mismo: incautación del material, ingreso en el calabozo y una multa que puede llegar hasta los 400 euros, según apunta Mustafá. A los que aún no han logrado un permiso de residencia, se les abre un expediente de expulsión.

Los tres manteros forman parte de la Asociación Sin Papeles de Madrid. “Nos hemos manifestado, hemos hecho vídeos para desmontar las mentiras que lanzan contra nosotros”, cuenta Mbaye. Y mientras luchan no dejan de soñar con cambiar de vida. A Sidy, el más veterano, le gustaría tener un “trabajo tranquilo”. Mustafá coincide: “No merece la pena vivir así. Si pudiera, regresaría a Senegal y continuaría con mi trabajo de pescador”.

Publicado en La Marea. 

“Los avances en Marruecos son mérito de las luchas sociales”

 

El secretario general del secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), Abdelá Mesdad

El secretario general del secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), Abdelá Mesdad

El antiguo rey marroquí Hassan II dejó claros, en un discurso en 1991, los límites de la libertad de expresión en el país. Algunos temas, detalló el monarca, pueden ser de manera válida objeto de discusión, pero había otros en los que no podía haber divergencias, entre ellos la constitución, la figura del rey o la patria. Este principio ha cambiado poco casi un cuarto de siglo después. Muchos marroquíes son hoy en día encerrados por su activismo político. El cansancio hace mella en el rostro de Abdelá Mesdad, secretario general del Observatorio Marroquí de Prisiones (OMP), quien conoce a fondo la precaria situación de las cárceles del país. En su viaje de varios días a Madrid se ha reunido con varias organizaciones y formaciones y atiende a La Marea después de una larga jornada de reuniones.

Pone voz a los que sufren la precariedad dentro de las prisiones. “La superpoblación en las celdas genera una situación infrahumana”, asegura. En agosto murió en la cárcel de Fez Mustafá Mesiani, dirigente de la Unión Nacional de Estudiantes, tras una huelga de hambre de 72 días. “Hay un maltrato generalizado y muchas muertes dentro de las cárceles de las que la dirección no se responsabiliza”, afirma Mesdad. “Muchas familias no saben cómo han muerto sus seres queridos, no reciben información alguna”, añade. En las cárceles se emplea además una política de exclusión contra los presos de conciencia. El Ministerio de Interior trata de lograr con esto que no puedan organizarse dentro y coordinar protestas.

Mesdad cuenta que los activistas son separados dentro de prisión para que no puedan organizarse dentro de las cárceles ni realizar acciones de protesta, como las huelgas de hambre con las que normalmente reivindican mejoras en el trato. Y fuera la situación no es mucho mejor. “En todos los sentidos, Marruecos está sufriendo un retroceso en el plano de los derechos civiles, políticos, económicos y sociales”, asegura Mesadad. “En los últimos meses hemos sufrido un ataque sistemático contra las organizaciones de los derechos humanos y sus miembros, que han sido llevados a juicio y sometidos a detenciones”, agrega.

El pasado 15 de julio, el Ministerio de Interior acusó a la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) de trabajar para “agendas extranjeras” a cambio de subvenciones. Tras esta declaración el Estado impidió la organización de charlas y actividades, como campamentos de formación dirigidos a jóvenes. Además, en octubre fue condenada a dos años de cárcel la activista Wafa Charaf, por supuesta denuncia falsa después de recibir una paliza tras una manifestación, así como el rapero Mister Crazy, con una pena de tres meses por cambiar la letra del himno contando las realidades de su barrio.

La AMDH muestra una oposición pública y frontal con el régimen por los casos de tortura registrados durante detenciones y estancias en prisión. Un hecho, cree Mesdad, que ha pasado factura a la asociación. “En lugar de abrir investigaciones sobre los casos que denunciamos, el Estado recurre a otro tipo de prácticas”, lamenta. Y pone otro ejemplo: “Unos desconocidos asaltaron recientemente la sede de la Asociación de Médicos para la Rehabilitación de Víctimas de la Tortura y manipularon informes de víctimas”, denuncia. AFP_110220_o1c90_maroc-manif_8 (1)

En este contexto, Mesdad rechaza la versión oficial de un país democratizado por la monarquía. “Los avances en Marruecos, que Occidente achaca al rey, son mérito de la lucha de los movimientos sociales y de derechos humanos”, resalta. “Aun así, consideramos que estos cambios aún son frágiles e inaplicables, debido a lo que hemos venido sufriendo estos últimos meses”, añade. En este sentido, el activista sostiene que seguirán “sacando a la luz en los foros internacionales todo lo que el régimen intenta ocultar”. “La imagen que da el régimen de Marruecos es irreal, no refleja la realidad del país.”.

Publicado en La Marea

Por un barrio igualitario y sin piropos

“Me cago en el coño de tu madre”, me dijo, “ya verás la próxima vez que te vea”, continuó. Éstas han sido las amenazas que me ha dirigido un desconocido, barbudo y con muletas. Tras piropearme desde la acera de enfrente, no me conformé, como habitualmente y casi a diario, con tragar saliva y lanzarle una mirada de rechazo. Esta vez, cansada, le respondí diciendo “qué asco”. No hace mucho ya me tocó volver a casa casi llorando de la impotencia, después de que dos personas seguidas, en la misma calle, 1916364_226253082177_7662339_ndecidieran que tenían derecho a lanzarme piropos por la calle.

Si seguís este blog os daréis cuenta de que no sólo me sirve para contar historias sobre Marruecos y la inmigración en España, sino también para desahogarme con toda aquella que quiera leerme.

A lo que iba: No es la primera vez que respiro, cojo aire y deseo huir maldiciendo compartir barrio con hombres machistas, cuya única afición parece ser superarse a si mismos en cuanto a originalidad a la hora de piropearnos. Yo no quiero un barrio así. Es profundamente triste que no podamos circular cómodas y relajadas por nuestras calles. Sin tensión.

Madrid tampoco es ciudad para jóvenes inmigrantes

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Juventud Sin Futuro ha lanzado esta semana la campaña en redes #HablemosDeMadrid, que incluye un vídeo con una versión de la canción de Joaquin Sabina Pongamos que hablo de Madrid en la que han cambiado la letra original para denunciar la precariedad, los recortes y las dificultades que atraviesan los jóvenes del país. Con estas líneas me gustaría recordar que Madrid no sólo no es una ciudad para los “exiliados” o migrantes que se tuvieron que marchar a Londres o Ecuador, sino que tampoco es ciudad para aquellos jóvenes que desde Senegal, Marruecos, Bangladesh o Perú tomaron la determinación -forzosa- de huir de la precariedad que siempre conocieron sus países. Dejan el lugar en el que crecieron para iniciar un proyecto lejos de su familia y amigas.

Muchos jóvenes españoles han vivido situaciones similares. La diferencia es que unos han cogido un avión otros han iniciado el “sueño europeo” en patera, cargando sobre la espalda mucha responsabilidad: no sólo mejorar su situación si no la de la familia que deja atrás. Al teléfono desde Tánger o Dakar ocultan a sus madres la triste situación que atraviesan en España para que éstas no sufran. Algunas de ellas, las que conocen la situación real que se vive en el país, piden a sus hijos que vuelvan a casa.

A los problemas que se denuncian en el vídeo, al joven inmigrante se le suman otras dificultades nada despreciables. Desde que se aprobó el Real Decreto 16/2012 muchas vecinas nuestras, jóvenes algunas, no pueden visitar a su médico de cabecera. La Marea contó el caso de una de ellas, Rabab Badri, una joven de 24 años que vive en Madrid junto a sus tres hijos. Le detectaron un bulto en una mama pero le negaban las pruebas para determinar si sufría un cáncer. “No puedo volver a Marruecos, yo no sabría vivir allí”, confesaba. Alpha Pam, con tan solo 28 años, falleció por tuberculosis. Le fue denegado el acceso a urgencias por no tener tarjeta sanitaria. Otro caso es de Jeaneth Beltrán de 30 años, quien falleció en el hospital de Toledo.

Pero hay mucho más. En Madrid la policía detiene a jóvenes en base a criterios raciales y étnicos. Los identifica y registra como si de delincuentes se trataran, aunque nunca hayan hecho nada delictivo y lleven más tiempo viviendo en España -o incluso hayan nacido aquí- que en su país de origen. Imaginad que sufrís ese acoso durante toda vuestra vida. Entre los días 13 y 26 de octubre el Consejo de la Unión Europea ha impulsado de manera conjunta redadas en la que las Policía capturará e interrogará a jóvenes inmigrantes sólo por el hecho de serlo. Algunos de los identificados han sido llevados al CIE de Aluche, una cárcel en la que te encierran por una simple falta administrativa. Privados de su libertad, han denunciado en muchas ocasiones agresiones por parte de la policía. La situación de precariedad se extiende por todo el CIE empezando por el maltrato generalizado hasta el estado de la comida.

También son precarios los manteros, la mayoría de ellos son jóvenes, que dignamente se levantan cada mañana y se dirigen a las calles de Madrid para poder subsistir entre policías que les apalean y persiguen sin presentar ninguna alternativa a su precariedad.

En resumen, no sólo se debe superar la situación de precariedad en los jóvenes, tanto españoles como no, sino que también se debe superar la situación de clandestinidad y acoso a la que muchas se ven sometidos los jóvenes inmigrantes debido a la ley de extranjería y los discursos xenófobos fomentados por el racismo institucional. No hay partido político que no tenga “su” solución, ni Estado que no tenga su “estrategia” para conjurar esa ‘invasión’ migratoria. “Son aquellos que no ven La Tuerka ni emigran a Londres, y me atrevería a decir que tampoco paran a Pablo Iglesias para felicitarle. Y un pequeño aviso para navengantes: será imposible una transformación social sin contar con ellos, por muy horteras que nos resulten sus Nike con muelles o sus zapatos de plataforma y sus colas de caballo”, decía El Nega de Los Chikos del Maíz en un artículo.

Hablar de Madrid tiene que implicar hablar de su gente y de su juventud, que triste, caminando por sus calles, sueña con un futuro mejor. Y también romper con aquellos estereotipos que fomentan los Estados. Ni los jóvenes españoles son ninis ni los jóvenes inmigrantes acaparan el empleo y los servicios públicos. O como diría una pancarta que se ha visto estos años en las manifestaciones: “El enemigo no viene en patera, viene en limusina”.

Publicado en La Marea

El juez eleva a dos años la pena de cárcel para la activista marroquí Wafa Charaf

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Tras un juicio de más de ocho horas, la activista marroquí Wafa Charaf, miembro activo de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH), ha sido condenada este martes a dos años de cárcel, acusada de presentar una denuncia falsa. De este modo, el Tribunal de Apelación eleva un año la condena que le impuso el Tribunal de Primera Instancia en agosto.

La joven recibió en Tánger una brutal paliza a manos de unos desconocidos tras jugar un papel destacado en una manifestación de trabajadores el mes de abril. Tras pasar varios días hospitalizada, con el apoyo de sus compañeros, se acercó a comisaría a denunciar a sus agresores.

El veredicto pronunciado por el juez sorprendió a los asistentes al juicio, entre los que se encontraban varios abogados y activistas por los derechos humanos de diferentes ciudades marroquíes que se habían acercado a mostrar apoyo a Charaf. Al conocerse la decisión judicial, algunos gritaron, indignados, eslóganes a favor de la liberación de los presos políticos en Marruecos.

La activista a día de hoy sostiene su testimonio. Las organizaciones de derechos humanos denuncian que no es la primera vez que se utilizan este tipo de actuaciones para disuadir a los activistas. El régimen marroquí, señalan, emplea la acusación de denuncia falsa para castigar a los que se atreven a denunciar tortura o agresión.”¿Cómo es posible que la víctima acabe en la cárcel tras presentar una denuncia, en lugar de buscar a los agresores?”, se preguntaban esta mañana activistas como Mahjouba Karim, miembro de la AMDH, en redes sociales.

Charaf ha asegurado que el juicio estaba “pactado” de antemano y que, bajo presión, se había visto obligada a retirar algunas declaraciones. “Mi detención forma parte de una serie de actuaciones encaminadas a intimidarnos”, ha lamentado. La AMDH es una de las organizaciones de derechos humanos más influyentes de Marruecos. La semana pasada, miles de personas se manifestaron por todo el país contra el “acoso” del régimen a la organización, que denuncia que, además de persecución de sus miembros, se le está impdiendo desarrollar algunos actos públicos.

En el vídeo, se puede ver a Wafa Charaf gritando eslóganes en una concentración en Tánger

Protestas en decenas de ciudades marroquíes contra el “acoso” del régimen

Miles de personas se han manifestado este miércoles en decenas de ciudades magrebíes contra el “acoso” a la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) -la más influyente del país- y a otras organizaciones sociales. Los activistas denuncian que el Ministerio de Interior está impidiendo llevar a cabo actos públicos, charlas y actividades emblemáticas como el campamento de verano para jóvenes que promueve a AMDH, en el que se reúnen anualmente militantes de todo el país.

Cerca de un centenar de secciones locales de la asociación, bajo el lema “Por los derechos y libertades luchamos, frente a la represión de majzen -el régimen- resistimos”, se han concentrado frente a edificios públicos. En Rabat, la protesta ha tenido lugar frente al Parlamento.

Lo que en un primer momento fue una movilización convocada por la AMDH ha logrado sumar a sindicalistas, miembros del movimiento 20-F y militantes de otras organizaciones políticas y sociales. “La AMDH juega un papel fundamental en la defensa de los derechos individuales, sociales, políticos, económicos y culturales. Últimamente está sufriendo un “acoso” por parte del Estado precisamente debido a su valentía”, ha denunciado Aziz Aqawi, miembro de la AMDH.

“Nuestro objetivo es conseguir dignidad, en Marruecos y en cualquier lugar”, han cantado en Alhucemas. Al sur, en Marrakech, han gritado contra la “intimidación” que sufren por parte de un régimen que, denuncian, prohíbe sus actividades y detiene constantemente a sus militantes. En algunos puntos la presencia policial ha sido muy intensa, pero incluso en ciudades pequeñas como Larache, al norte, concretamente en la plaza de Tahrir, se han reunido decenas de activistas, que han gritado consignas contra la represión y la ausencia de derechos y libertades individuales.

A este “acoso” que denuncian los activistas se añade la detención el pasado agosto de Wafae Charaf, una conocida militante de la AMDH, condenada a un año de cárcel. La policía la detuvo tras presentar una denuncia en la que aseguraba haber recibido una brutal paliza de manos de unos desconocidos al término de una manifestación en Tánger. Además, este viernes se celebra el juicio del rapero Mr Crazy, detenido el 9 de agosto. Las autoridades marroquíes le acusan de alterar la letra del himno de Marruecos. El artista, de 17 años, describe en sus canciones la precariedad y el exilio en el que se ven obligados a vivir los marroquíes.