Las vidas detrás de la manta

Varios manteros caminan por los soportales de la Plaza Mayor de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

MADRID // Antes de marchar a su destino, quedan en una plaza céntrica de Madrid. Tres jóvenes, dos de Senegal y uno de Marruecos, se llaman por teléfono para ir en grupo. Con sus bolsas al hombro llegan a la calle Arenal, una de las más comerciales de la capital, donde se unen a los que ya tienen allí instaladas sus mantas cargadas de bolsos, calzoncillos, gafas y otros objetos. A unos metros, un hombre entona una canción de Bob Marley. A su alrededor, turistas y niños pasean, como en un desfile de moda, por el hueco que dejan dos filas de sábanas.

La escena dura poco: diez minutos después llegan dos coches de la policía municipal. Muchos de los manteros hablan en wólof –idioma usado en Senegal y otros países– mientras recogen sus bolsas para retirarse del lugar. Algunos intentan esconderse en el metro para despistar a los agentes, otros esperan en callejuelas aledañas hasta que pasa el coche patrulla para volver a colocar sus mantas. “Nuestra vida es dura, es un trabajo lleno de estrés”, asegura Mustafá, un joven senegalés que en su país de origen era pescador. Pasan el día preocupados por si la Policía les atrapa o por si no logran vender nada. La manta les transforma. “Una vez que la cogemos, ya no somos personas, hacemos cosas que jamás nos habríamos imaginado, como correr por la carretera. Cuando volvemos a nuestras casas, también regresamos a la normalidad”, concluye.

Este joven lleva ocho años y medio en España y aún no ha logrado regularizar su situación. Aquí sólo ha conocido empleos precarios. “Cuando llegué empecé a trabajar en el campo pero al acabar la campaña me quedaba sin empleo”, recuerda. Fueron unos amigos los que le hablaron de la posibilidad de ser mantero. “Les veía comprar una cantidad pequeña de mercancía con la que lograban salir adelante y entonces empecé a vender”, agrega. A Mustafá no le gusta ser mantero y asegura que a la mayoría de sus compañeros tampoco. No tienen muchas opciones. Un juicio puede dificultar la regularización de su residencia, pero siguen adelante tras su objetivo: conseguir papeles y trabajo. La mayoría no tiene la documentación en regla.

Un tema recurrente cuando se habla de manteros es el de las supuestas tramas delictivas. “Hacen negocio, los veo desde la puerta, y hay muchas mafias y empresas detrás”, asegura el guardia de seguridad de un establecimiento de comida rápida del centro de Madrid. Otro mantero, Serigne Mbaye, recuerda indignado haber visto documentales al respecto. “Es una gran mentira que quizá inventan los dueños de las tiendas y de las marcas que se están falsificando”, aventura. “Detrás de cada mantero hay una familia que se busca la vida y su única alternativa es vender, ya que no quieren robar a nadie y prefieren ser honestos. Compramos el material en almacenes chinos, la Policía lo sabe perfectamente. No tenemos jefe, nadie nos explota”, defiende Mustafá.

Precisamente hablar de manteros es hablar, inevitablemente, de la Policía. Con los agentes, la relación es “complicada”, en palabras de Mbaye. “Salimos de nuestra casa y no sabemos si volveremos con las manos vacías”, explica. Conservar el material es un objetivo muy importante para ellos porque supone su pequeña inversión para seguir sobreviviendo día tras día. “Cuando vemos a la Policía, vamos en grupo y juntos buscamos una salida, en todo caso evitamos un enfrentamiento con los agentes”, aclara. La mayoría asegura que es capaz de identificar a un policía secreto entre la multitud. “Son muchos más que los de uniforme y nosotros, los extranjeros, los reconocemos con facilidad porque estamos acostumbrados a que nos paren por la calle para pedirnos los papeles”, lamenta.

Es el caso de Mbaye, que nació en Senegal hace 38 años. Los últimos ocho los ha pasado en España. “En mi país fui pescador durante diez años. Cuando llegué a España trabajé de todo y, como no tenía papeles, tuve que adaptarme”, explica. Al salir de su tierra natal Mbaye pensó, como tantos otros, que encontraría trabajo al pisar España. Sin embargo, cuando llegó se dio cuenta de que nada era como se esperaba.

Cambios de lugar constantes 

El grupo sigue en la calle Arenal. La Policía se aleja y los manteros vuelven a colocar a toda prisa sus relojes, DVDs, CDs, gafas, camisetas del Real Madrid y del Barça, abanicos y otros productos. No compiten entre ellos. Al contrario, el apoyo mutuo es clave. Si alguno no tiene la talla que le requiere su cliente, se la pide a un compañero para no perder la venta. En un momento dado, una señora se acerca a observar un bolso. Pese a que el propietario de la manta está despistado en ese momento, hablando con un compañero, Mustafá se acerca y se lo muestra. De todos los productos que venden, las camisetas son los más perseguidos por la Policía. “Últimamente hay más tiendas de deporte en Sol y algunas de ellas se quejan, por lo que si se pone uno que vende camisetas, llega la Policía en cinco minutos”, asegura Mustafá.

En ese momento reciben un aviso: un agente de paisano ha detenido a un mantero. Se comunican por teléfono. Hablan de los movimientos de los policías, de las calles más seguras. Deciden correr y separarse. Tras varias vueltas, un grupo acaba en la calle paralela, Preciados, otra de las más comerciales de Madrid, donde hay instalados más manteros. Las denuncias por parte de encargados de las tiendas son constantes. “Llamamos a la Policía porque colapsan la puerta de entrada de la tienda. Los manteros corren y se llevan por delante a peatones. La Policía es muy tolerante con ellos”, se queja la encargada de una zapatería que no quiere dar su nombre.

“Los perseguimos porque venden productos falsificados y sin permiso”, alega un agente de la policía municipal que patrulla la zona, quien añade que no corren tras ellos para evitar choques y caídas de los transeúntes. “Nosotros no tenemos manera de enterarnos, son las tiendas las que nos llaman”, afirma. “A veces recibimos avisos de peatones porque colapsan las aceras”, sostiene, antes de apuntar que los manteros “no tienen ninguna otra salida para sobrevivir”.

Sidy, de 32 años, explica que ahora la Policía sólo intenta llevarse las mercancías y que, si tiene un valor inferior a los 400 euros, evitan la multa. A él le cogieron cuatro veces el mes pasado. Se quedaron con sus CDs y sus calzoncillos. Para poder seguir vendiendo, pidió dinero prestado a sus compañeros con el que comprar nuevo material. En Senegal tuvo tres trabajos diferentes, en un restaurante, una carnicería y una carpintería. A los tres meses de su llegada a España no le quedó más remedio que hacerse mantero. Su problema, habitual: “Al no tener papeles no pude encontrar trabajo”.

Sidy empezó a vender durante las navidades de 2007 en el centro de Madrid. “Tuve mala suerte con la Policía, me pillaron muchas veces”, recuerda. No todos los encargados de los establecimientos de la zona tienen una actitud hostil frente a los manteros. “Prefiero que no haya, pero entiendo la necesidad. En verano es mejor porque se ponen cuando cerramos nuestras tiendas”, explica el dueño de una zapatería de Arenal.

Las ganancias de un mantero son muy variables e influyen la temporada y el clima. “En invierno salimos menos. En verano podemos pasar más de 15 horas en la calle”, afirma Mustafá. Algunos deciden ir a la playa y a las ferias que se celebran por todo el país, ya que allí las ventas son superiores. Según la época del año cambian de material. “En invierno, si llueve mucho, vendemos paraguas”, ejemplifica Mbaye. El fin de semana suben las ventas. También cuando se celebra un acontecimiento deportivo, sobre todo de fútbol. “Cuando empieza la liga se venden mejor las camisetas”, apunta. Sin embargo, septiembre no es una buena temporada. “Las familias suelen tener muchos gastos con la vuelta al colegio de sus hijos”, aclara Mustafá.

Este trabajo se ve dificultado por unas actuaciones policiales, que varían mucho según el grupo de agentes que patrulle la zona. “Hay algunos buenos y otros malos”, asevera Mustafá, quien ya no recuerda cuántas veces le ha cogido la policía a lo largo de estos últimos años. Algunos agentes caminan despacio para dar tiempo a los manteros a recoger el material. Otros actúan de manera muy agresiva. Pese a todo, el protocolo en las detenciones suele ser el mismo: incautación del material, ingreso en el calabozo y una multa que puede llegar hasta los 400 euros, según apunta Mustafá. A los que aún no han logrado un permiso de residencia, se les abre un expediente de expulsión.

Los tres manteros forman parte de la Asociación Sin Papeles de Madrid. “Nos hemos manifestado, hemos hecho vídeos para desmontar las mentiras que lanzan contra nosotros”, cuenta Mbaye. Y mientras luchan no dejan de soñar con cambiar de vida. A Sidy, el más veterano, le gustaría tener un “trabajo tranquilo”. Mustafá coincide: “No merece la pena vivir así. Si pudiera, regresaría a Senegal y continuaría con mi trabajo de pescador”.

Publicado en La Marea. 

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3 pensamientos en “Las vidas detrás de la manta

  1. Llevo meses pensando si acercarme para hablar con alguno de todos los que recopilan acero y hierro en Barcelona pero nunca me he atrevido. Tal vez gracias a este texto lo haré. Gracias!

  2. Llevo meses pensando si acercarme a alguno de los que recopilan acero y hierro en Barcelona pero nunca me atreví. Puede ser que gracias a este texto lo haré. Gracias!

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