Puta por querer ser. Por vivir.

Él en el gimnasio. Yo aquí frente a la pantalla del ordenador. Mientras, intercambio mensajes vía whatsapp con Moha sobre su deseo de visitar Madrid y la imposibilidad de que le concedan un visado desde Marruecos. Mientras sigo escribiendo, escucho a Pablo Alborán cantar “Quién abrirá la puerta hoy. Para ver salir el sol. Sin que lo apague el dolor”. 

 Son muchas. Esas valientes mujeres que deciden vivir y que a pesar del dolor continúan avanzando: saltando vallas, derrochando lágrimas y cruzando mares.

Y es cuando me acuerdo de Naima, futura politóloga con ganas de comerse el mundo. Se pone en contacto conmigo a través de un amigo en común. Me cuenta que desea emprender una nueva andadura en Madrid, una ciudad grande que cree satisfacer sus expectativas académicas y más adelante profesionales. Me cuenta también que en un futuro le gustaría quitarse el velo que le cubre la cabeza, pero más adelante, porque es un cambio acompañado de muchas críticas. Su problema: ser mujer y pertenecer a un entorno conservador. Le digo que debe ser valiente y buscar su felicidad. Me recuerda que no quiere que sus padres sean señalados: “No han sabido educar a su hija, ¿cómo permiten que deje su casa y  viva sola?“, dirán los vecinos de su barrio. Hay un dicho marroquí habitual en las casas más humildes: “Una mujer sólo tiene dos salidas: una da a la casa de su marido y la segunda a la tumba”. Se suele repetir con normalidad como si se tratase de ganado.

.61300_10151828978142524_535442024_nAyer no pude combatir el insomnio así que a altas horas de la madrugada me encontré leyendo mensajes antiguos en Facebook de hombres y mujeres que pretendían recordarme mi condición de mujer y por lo tanto de sumisa y dependiente. Uno de ellos decía: “Eres una chica y no puedes pasar de todo, ¡no te engañes!”.

Aquellas que abren la puerta y salen a ver el sol no sólo se pueden encontrar con la repulsa de sus familiares, sino también de sus íntimas amigas y de desconocidas que a través de las redes las insultan y las llaman traidoras. Cualquier motivo es bueno para insultar: Quitarse el velo que le cubre el pelo, fumar, tatuarse, viajar sola sin más compañía que un par de libros y una botella de alcohol.

Otra amiga, cirujana, me cuenta que su familia, culta y con poder adquisitivo alto, no acepta su relación con su novio. El motivo: es italiano y no musulmán. Esta mañana estuve hablando con otra que tras cinco años sin poder visitar a su familia en Marruecos decidió terminar su proyecto de derecho en su país de origen. Tras su vuelta me cuenta que no piensa regresar jamás. Juzgaron su forma de vestir, la acusaron de tener una relación con su primo y asi podemos llamarla de todo, criticaron a los que no ayunan durante el ramadán y casi la llamaron puta por su forma de vivir.

Puta, esa maldita palabra, que tantas veces escuche durante mis pasadas vacaciones en Casablanca. Puta por follar, puta por andar, puta por leer, por bailar, por cantar, por querer, por soñar y en definitiva:

Puta por querer ser. Por vivir.

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